BASADO EN HECHOS REALES (Capítulo IV) El cuento del buen vecino.

2012-12-08 18.07.15

1ª Parte (Don Mariano)

Érase una vez un buen vecino, de nombre inventado (Mariano) cuyo comportamiento era ejemplar. El hombre cumplía con sus “obligaciones de buen vecino”. Tenía un trato cordial con los demás habitantes de la comunidad, e incluso se podría decir que su educación era exquisita para con los demás. Acudía a las reuniones de su junta de vecinos, exponía sus ideas, aportaba otras nuevas, cedía su sitio en el ascensor a otras personas mayores que venían con bolsas de la compra, mantenía la puerta del portal abierta si veía acercarse a algún conocido y le esperaba, saludaba con un amable buenos días en sus paseos matutinos, con una impecable sonrisa te daba las buenas tardes en el descansillo mientras sostenía del brazo a su anciana mujer, y nunca se le conocía pleito alguno con nadie. Podría decirse que era una suerte, en los tiempos que corren, compartir comunidad con un hombre de tan majestuosa calidad humana. Don Mariano era un ejemplo y todos lo sabían.

2ª parte (Macarra y su perro agresivo)

En la misma comunidad, desde hace menos tiempo, reside un tipo que ronda la treintena y que tiene muy poco trato con el vecindario. Macarra (nombre NO inventado) hacía cada día lo que venía en gana tanto en su casa como en el portal. Si bien en su casa ejercía todo su derecho, no así fuera de ella. A Macarra le gustaba avasallar al personal con miradas displicentes y una actitud más propia de un borrego que de un ser humano. Si te cruzabas con él en el ascensor y le dabas los buenos días, emitía una especie de sonido a modo de saludo. Paseaba con su perro de gran tamaño, y si llegaba a la puerta del portal antes que tú, era probable que te la cerrara en las narices. Tenía la educación de un homínido (que me perdonen los mismos) y vestía con una gorra que siempre llevaba con la visera hacia un lado (suponemos que no se abrá dado cuenta de que donde molesta el sol es en los ojos). Todo esto, lo hacía mientras caminaba por la urbanización como si apartara las gallinas, que diría el bueno de Leo Harlem.

Macarra vivía en un mundo paralelo, donde para él, solo existían sus leyes, y estas, no eran otras que el libertinaje puro y duro. Se reía en público del resto de sus vecinos en voz alta, cuando estaba en compañía de otros homínidos, y con una amplia carcajada que le hacía parecer un idiota, aunque esto último solo lo sabía el resto de la humanidad, él no. Pronto se daría de frente con aquello que los seres humanos denominamos «realidad»

3ª parte (El suceso)

Suponemos, y digo suponemos, porque no lo sabemos con seguridad, que Don Mariano y Macarra ya habían tenido algún encuentro anteriormente, y no precisamente amistoso. Pero según tenemos entendido, Don Mariano, siempre acompañado de su loable educación, había dejado pasar por alto varios de los desmanes de Macarra.

Cierto día, cuando yo accedía al portal, un totalmente desconocido Don Mariano se alzaba de puntillas, queriendo superar su 1,60 de estatura, para encararse con una persona a la que por el momento no había reconocido. Don Mariano, fuera de si, poseído por el mismísimo demonio y con los ojos inyectados en sangre, le decía a un, ahora acojonado Macarra, lo siguiente:

La próxima vez, entro a tu casa cuando estés ecuchando esa mierda de música a todo volumen, y te meto el brazo hasta el codo para que te la tragues entera

Yo no entendía nada. De hecho mi presencia puso fin a la discusión. Me limité a mirar a Macarra y a decirle a Don Mariano que se calmara. El hombre entró conmigo en el ascensor, y debido al nerviosismo, solo pronunciaba cuatro palabras inconexas:

—Tsss, mmmmm, el gilipollas, tssss me dice que la mierda, tsss la puerta, se la meto en la boca.—

No salía de mi asombro, Don Mariano, un hombre ¡Que digo! ¡EL HOMBRE! más ejemplar que me había cruzado hasta entonces, perdiendo los papeles y la educación delante de cualquiera. No podía ser…

4ª parte, y última (El desenlace)

Pasaban los días, y aún estaba afectado por aquella imagen del ejemplar Don Mariano encarado a Macarra. Sabía que todo aquello tenía una explicación, y tenía que encontrarla. Me faltaban piezas, pero tenía dónde ir a buscarlas. El conserje.

Tengo la suerte de vivir en una comunidad con conserjería, y allí está Fermín (nombre inventado de conserje) que se entera de todo sin salir de la caseta. Es una especie de vieja del visillo uniformada con un juego de llaves maestras.

Le conté lo que me había sucedido, y lo mucho que me había extrañado el comportamiento de Don Mariano. Fermín acabó por desvelarme la historia:

El bueno de Don Mariano comparte descansillo con Macarra. Han tenido varios encontronazos, que gracias a la educación de Don Mariano  se han sobrellevado con el paso del tiempo, hasta que la gota colmó el vaso. Volumen alto de la música, ruidos a altas horas de la madrugada, meadas del perro en el descansillo. Pero aquel día Don Mariano, se encontró a su mujer arrodillada frente a la puerta, recogiendo una mierda de perro del tamaño de una tortuga gigante de las galápagos. La buena mujer le había dicho a Macarra, que el “perrito” se había defecado en la puerta de su humilde hogar y que por favor recogiera los restos. Macarra, con su chulería habitual y acompañado por una superioridad física plausible, la respondió —Recójalo usted si quiere

Don Mariano, lleno de indignación, se puso unos guantes de fregar (así lo dice Fermín) y  dibujó un cuadro mitológico, o abstracto, no se sabe, en la puerta de Macarra, utilizando como pincel un guante de fregar, y como pintura, los excrementos del animal. Para que no hubiera duda de su autenticidad (nunca se sabe con esto de la piratería) Don Mariano  acompañó la obra de arte con un cartel que rezaba:

«LA PRÓXIMA VEZ TE METO LA MIERDA POR LA BOCA. MARIANO 3º A»

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. FÍN

P.D: Todos convivimos en algún momento con un Don Mariano y un Macarra en nuestras vidas. Regala obras de arte.

Sed felices 😉

 

 

 

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MUDANZAS

Los que me conocen dicen que soy bastante cabezota. De hecho, yo también lo pienso, lo que pasa es que a mí no me afecta directamente. Es algo parecido a aquel famoso dicho que leí en cierta red social «Cuando te mueres solo sufre la gente que está a tu alrededor, lo mismo pasa cuando eres imbécil». Pues digamos que mi cabezonería es algo parecido, la sufren los demás. Solo que en estos últimos tiempos he comprobado que con el paso de los días también me ha podido afectar a mí. Me explico.

Debido a una de esas carambolas de la vida, he tenido que hacer una mudanza, que en un principio se me antojaba algo fácil ¡Que iluso! ¿Verdad?

Podría decir que soy un experto en esto de los traslados. LLevo cinco o seis cambios de asentamiento a lo largo de mi vida, 4 ciudades diferentes, miles de kilómetros y siempre he sabido como montármelo, o casi siempre. De todas ellas, lo único que he aprendido es que siempre pierdes algo, y no, nunca aparece de nuevo.

Esta última era supuestamente la más fácil. Me voy a otro piso a corta distancia, de un piso pequeño a uno más grande, y además, tenía gente cercana que me podía ayudar. ¿Donde está el problema? ¿Que puede salir mal? Que te confías. Y eso es un error de los grandes. Muy grande. El más grande.

En una mudanza tienes que trazar un plan y marcarte unos plazos, y tenerlos bien claros, para no tener que desviarte lo más mínimo de ellos. Aunque siempre surge algo de última hora.

1. Para empezar has de saber que los objetos inanimados que te rodeaban en tu hogar, han cobrado vida y se han reunido en secreto para cachondearse de ti durante unos días. Algo así:

Mira como me busca por encima del armario el muy gilipollas— Le decía la lámpara al sofá mientras se escondía detrás del televisor.

2. Aquella pantalla de 42 pulgadas que te trajeron hace tiempo los Reyes Magos, ha cogido algo de sobrepeso, y no era tan fácil bajarla tú solo por el ascensor.

3. Aunque te hayas propuesto tener las cajas ordenadas por peso, zonas de la casa, vajillas, libros, etc… Has de tener en cuenta que ellas buscan su propia libertad y están dispuestas a desaparecer en cualquier momento.

4. De la misma manera que algunas cajas buscan su libertad, otras, están dispuestas a cruzarse en tu camino cuando estés transportando el material más frágil de tu hogar. Yo las llamo cajas traidoras. Ojo, pueden provocar lesiones.

5. Todos aquellos que te iban a ayudar con la mudanza, tienen muchas cosas que hacer «el día de la mudanza». Las p…. casualidsades, ¡mecachis!

6. Una mudanza es solo el origen del kaos, la batalla no ha hecho más que comenzar. Es una lucha a muerte entre tus cajas, tu vehículo para transportarlas y el ascensor donde tienes tu nueva residencia. Si lo tienes claro.

7. Una mudanza la planeas en un día,  la transportas en 1 semana y la terminas en 9 meses.

8. Si no tienes ascensor, los tiempos se multiplican automáticamente por 3, y las pérdidas, y las lesiones, y… bueno, voy a parar.

Aquí os he dejado unos cuantos puntos que os servirán de guía, o a lo mejor no os sirven para nada, como casi todo lo que escribo. Pero tened en cuenta una cosa, está científicamente probado que el 93% de las mudanzas sobreviven a las personas que las llevan a cabo.

Si, hoy me aburría y tenía que disfrutarlo.

 

Sed felices 😉

LA VUELTA AL COLE, DE LOS PADRES.

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Si amigos. Cuando ya casi habías olvidado de que existía, aparece de nuevo el mes de septiembre para devolverte de un zarpazo a la cruda realidad. Los libros, las pinturas, las mochilas, etc. Amigos, amigas, el cole… ha vuelto.

Yo no soy ese tipo de padre que suele decir aquello de «Que ganas tengo de que empiecen el cole» ni mucho menos. No se si será porque tengo un recuerdo nefasto de aquella prisión infantil/juvenil, o porque mi amor por los libros nació fuera de las aulas, lugar, en el que ni mucho menos aprendí a cogerles cariño, más bien, todo lo contrario.

De hecho, y gracias a lo que describo en el párrafo anterior, me considero un padre de lo más comprensivo con mis hijos. Cuando me dice mi hijo «Papá no quiero ir al colegio» me dan ganas de responderle: «Lo entiendo hijo, se que es un coñazo enorme y que entre todos los mayores te obligamos a ir a un lugar donde te tienen retenido en contra de tu voluntad. Además de todo eso, te van a enseñar muchas cosas que no te servirán absolutamente para nada a lo largo de tu vida, y que en el único sitio donde lo pasarás bien es en el patio, cuando te dejen liberar toda la adrenalina, podrás comerte tu bocadillo y ser inmensamente feliz desparramando junto con tus amigos» Acto seguido me fundiría en un abrazo con él, y lo sacaría de allí echando leches si no estuviera penado por la ley.

De la misma manera, os he puesto en negrita y cursiva, el mensaje que estoy obligado a darle a mi hijo como padre (Y a mentirle).

Seamos sinceros, no soy ningún irresponsable. Soy realista. Por favor, no me vengáis con el cuento de que allí se forman como personas. Si yo me hubiera formado en consonancia con algunos de mis profesores, sería ahora mismo una mezcla de Gárgamel, Darth Vader, y el peor orco del Señor de los anillos. Entiendo que hay gente que guarda un buen recuerdo del colegio, y lo acepto. También hay gente que le gusta la tortilla sin cebolla, y no está tipificado como delito en el Código Penal, como veis, el mundo nunca fue todo lo justo que necesita ser…

Y ahora, responded:

– ¿Alguien ha vuelto a usar el transportador de ángulos?

– ¿En vuestra vida cotidiana que importancia tienen las ecuaciones, las raíces cuadradas y el mínimo común múltiplo?

– ¿Habéis conocido un par de catetos que estén cuadrados y conozcan a una tal hipotenusa? ¿Alguien le puso a su hijo Pitágoras? No se, esto es por acercar posturas y sacarle algo de utilidad al teorema.

– ¿Conocéis a algún sujeto que haya predicado algo?

– ¿Seguís entrando al trabajo de la mano del de delante?

– ¿Alguien volvió a hablar de la estratosfera en su vida, hasta que a un loco llamado Felix Baumgartner se le ocurrió saltar desde ahí arriba?

Podría estar todo el día haciendo preguntas absurdas. De hecho creo que si me lo propusiera, lo lograría durante una semana entera, parando solo para comer y dormir. Pero tranquilos, a vuestros hijos los están convirtiendo en hombres y mujeres de provecho, aunque les guste el colegio lo mismo que a vosotros. Y eso que ahora en los colegios tienen periodos de adaptación, van al cine, al teatro, tienen la semana blanca, la fiesta del agua, carnaval, el día de la castaña… Y creo que con el tiempo llegarán a organizar despedidas de soltero.

Sed sinceros, lo único que os gusta del colegio es que no están en casa, dando por c… y claro, eso está muy bien. Aunque cuando volváis a vuestro colegio particular (el curro), a la mayoría os gustaría que aparecieran Doc y Marty McFly en el Delorean, para que os llevaran un mes atrás en el tiempo, y poder volver a chapotear con vuestros pequeños guerreros en la playa y en la piscina.

Yo este año he debido chapotear más de la cuenta, y aquí estoy con la espalda como un siete, sentado, contando todas estás tonterías, que una vez más, no debéis tener en cuenta. Feliz vuelta al cole.

 

Sed felices 😉

 

 

NUNCA LLUEVE AGOSTO DE TODOS

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Miren ustedes. El título no tiene nada que ver con lo que iba a escribir, de hecho, no es mas que una payasada que se me ha ocurrido al ver que hace una año que no escribo en el blog. Y ya saben, he visto que la última vez fue en agosto, y que ahora vuelve a serlo (es lo que tienen los años, que repiten siempre los mismos meses), y en fin, pues eso…muy coherente todo.

Es más, no se ni sobre lo que iba a escribir. Bueno, escribir he escrito, pero lo tengo todo guardadito en un baúl, donde si a alguien se le ocurre meter la mano, lo mismo solo saca el codo. Lo que no he hecho es publicar, porque para lo indeseable del que les escribe, y los indeseables que me leen, fíjense donde vamos a parar.

«PAUSA» ¿PUBLI-CAR? ¿Podría ser una agencia para el alquiler de vehículos? Iré más allá. ¿Alguien había hecho esta mierda de chiste antes? Bien, sigamos.

Por donde iba… Ah si, agosto…o las publicaciones. Bueno, da igual. Que tenía por fin un ratito libre, entre estudios, mudanzas, niños, pintura, taladros y otras cosas… Yo solo encuentro relajación aquí, contando mis miserias. O eso quiero haceros creer.

Bueno, que me lío. El mes de agosto, muchos estaréis en la playa, otros en la montaña, y otros muchos, en casa. Esto ya no es lo que era. Ahora en agosto abren hasta los comercios. En mis buenos tiempos, los 90 y tal, no abría ni Javi el de las pipas, que no vendía una mierda durante el año, pero sus vacaciones eran sus vacaciones. Aunque estuviera en casa, pero no se movía. Bueno, en la tienda tampoco se movía, pero ese es otro tema. Javi un día cerró la tienda de pipas y chuches. Ya no abrió nunca más. Aunque eso pasó en diciembre, pero queda muy bien como reseña.

Lo que quiero decir es que los «agostos» están devaluados completamente. Vas a los centros comerciales y hay gente. Vas a Madrid y no hay aparcamiento. Vas a los museos, y están llenos, etc… En los 90, mi época y tal, salías por la tarde a dar un paseo por Madrid, y las ratas se asomaban por las alcantarillas para decirte  — ¡Vuelve a casa idiota!  ¿No ves el calor que hace?

En fin, que ahora hace hasta menos calor. Estuve hace poco en el parque de atracciones, y ni eso es como antes. Aún recuerdo aquellas largas colas donde se te borraba la calcamonía o calcomanía (o como cojones se diga) solo de pasarte la mano por la frente cuando sudabas. Ahora mientras esperas para subirte a la lanzadera te echan vaporcito para amenizar la espera. Flojos. Aquí los calvos hemos salido ganando de todas-todas.

Recuerdo aquellos agostos de barrio periférico madrileño. No salíamos a la calle hasta las 20:00 de la tarde, cuando bajaba el sol y hacía una temperatura más leve, unos 38ºC a la sombra. Eso sí, las noches eran más largas. Mis padres nos dejaban hasta bien entrada la madrugada, para compensar las horas perdidas por la tarde. Y allí, en aquellas frescas noches de 30ºC nos juntábamos todos en el parque del barrio. Los niños, las niñas, las ratas de las alcantarillas…éramos un todo en uno. Una suerte de ecosistema perférico.

Bueno, pues eso que los agostos están de capa caída. Por cierto, intentaré coger el ritmo para seguir escribiendo. Espero que esta temporada, no sea tan emocionante como la última. Besos, abrazos o lo que os toque.

Sed felices. 😉

 

 

 

AGOSTO EN MADRID…

Siempre elijo mis vacaciones con la mejor intención posible. Supongo que como todos, valoramos lo económico, el lugar al que queremos ir y por otra parte, hay quien sopesa los pros y los contras de cual es el mes donde uno debe solicitar sus ansiadas vacaciones de verano. Me centraré en esto último.

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Foto abc.es

 

Soy un madrileño atípico, o eso creo. De hecho, soy un atípico “atípico”, bueno, no quiero desviarme. Me considero un capitalino que no cumple con las costumbres estivales, es decir, salir corriendo de la ciudad como alma que lleva al diablo durante los meses de julio y agosto. He pasado mucho tiempo viviendo en la costa, y desde hace años le cogí el gusto a doblar el lomo en agosto. Tenía esa mentalidad tan levantina, de creer que la playa se disfruta más fuera de los meses de verano y en cierta manera, así es. Heredé esa costumbre y desde hace tiempo, sigo cumpliéndola.

Pero aquí la cosa cambia. Madrid en agosto es diferente. Ni mejor ni peor, diferente. Hay varios puntos donde la ciudad toma aire, y no me refiero a los 45 grados de la puerta del sol a las 3 de la tarde.Voy a desgranarlos, que sé que os gusta:

  • El tráfico: ¿Estamos de acuerdo o no? Queridos hijos del oso y el madroño podéis gritar conmigo ¡Bendito placer! Esas carreteras vacías, esos carriles donde permites que cualquiera te adelante. Amigos, en agosto en Madrid hay sitio para todos en la M30-40-50-200… Aquel con el que te hubieras matado en diciembre por un hueco en un largo atasco, hoy es un compañero, un amigo, alguien con quien pararías en cualquier arcén y te fundirías en un largo abrazo, porque sois los 2 únicos cabrones de toda la Comunidad de Madrid que vais a las 5:30 de la mañana a trabajar. Disfrutad, toda felicidad en esta vida es efímera, y mucho más si hablamos de atascos en Madrid.
  • Aparcar: Llegas del trabajo y tacháaaaan, hay sitio para dejar el coche. El primer día de verano en el que encuentras sitio en la puerta de tu casa te sientes extraño. Te bajas del coche como si fuera una máquina del tiempo aterrizando en la Edad Media. Mirás por la acera, a ver si han colocado una señal que lo prohiba mientras tu estabas cumpliendo con tus labores. Te frotas los ojos, hincas las rodillas en el suelo mientras las lágrimas se deslizan por tus mejillas. En un gesto de rabia contenida y súplica, tus brazos se elevan hacia el cielo con los puños cerrados, mientras un sonido afónico y estridente grita sin contemplaciones….¡TENGO HUECO EN LA PUERTA DE CASA!
  • La siesta: Que bonito. Todo es paz y amor en el agosto madrileño. Te vas a echar la siesta y tu mente reflota pensando agradablemente en el recuerdo de que tu vecino de al lado  «El del taladrito a las cuatro de la tarde» se ha ido a tomar por culo durante todo el mes, al apartamento de su cuñado en Cantabria. Y es que la última vez que te lo cruzaste en el descansillo, y te dijo, con el pecho como un palomo, que se iba al norte, tu cabeza ya solo podía pensar en esas treinta y una siestas que llenarían de gozo tu ser. Por otra parte, la vecina de arriba, la que tiene una canica que rueda por el salón cada media hora, también tiene unos días libres, y eso oigan, se agradece.
  • Las terrazas: No hablo de balcones, hablo de bares. Que bonitas las terrazas madrileñas en agosto. Los que se han quedado en Madrid en agosto, tienen 2 misiones fundamentales…llenar las piscinas públicas y reventar las terrazas de los bares. Generalmente, la secuencia del madrileño medio en época estival es la siguiente: Trabajo (poco)-Siesta-Piscina-Terraza.

Todo esto lo digo generalizando al máximo y siendo generoso con los horarios, pues todos sabemos, que e en la actualidad hay jornadas de trabajo que se comen la siesta, la piscina, la terraza, el sueño y el desayuno del día siguiente.

Aún así no decaigan. Estás son las inconexas palabras de un hombre que no pudo dormir la siesta y que cuando se aburre las escribe. La vecina de la canica ha vuelto, y había que celebrarlo de algún modo.

😉 Sed felices.

SÍNDROME POST-VACACIONAL, Y OTRAS MANERAS DE TENER POCAS GANAS.

Bonito nombre le han colocado a lo que toda la vida se le llamó «Hay que joderse, las poquitas ganas que tengo mañana de volver al trabajo después de la Semana Santa». Y es que según varios estudios, somos muchos los que volvemos a comenzar la jornada laboral con pesadumbre y abatimiento, ¿Que incongruencia verdad? Como si fuera algo nuevo…

Y digo yo ¿Hay alguien que vuelva al trabajo con alegría después de unos días en la playa? ¿O en la montaña? ¿O en el chalet de tu cuñao el rico? Es más ¿Hay alguién que vuelva feliz y sonriente aunque solo sea en el viaje de retorno?

Porque esa es otra verdad como un pino de grande. Aquí se habla mucho de la Semana Santa, pero lo cierto es que aprovecháis estos días libres para comportaros como el mismísimo Satán. No, no me he equivocado. Os pasáis unos días de barbacoa en barbacoa, de cubata en cubata, y de fiesta en fiesta. Y de paso como ando por Andalucía, a lo mejor me tropiezo con alguna procesión, y ya si eso, aprovecho el rato para declararme devoto del Cristo de Palacagüina. Pero eso lo hago cuando vuelva de la playa, que la misa de doce no me pilla muy bien de hora y se me va a juntar con el chiringuito. Poca vergüenza…

Bueno vale, lo acepto, que eres nazareno desde pequeñito, me lo creo. Pero solo en algunos lugares, tuvieron lo que hay que tener para ponerle a una procesión el nombre adecuado a lo que más nos gusta hacer en estos días libres. Y no me lo nieguen, hasta los que no viven la religión, aprovechan el viernes santo para pillarse una castaña que no llegan a la resurrección hasta el domingo. Aunque a muchos de vosotros tampoco os hace falta Semana Santa para llegar a este punto. Bueno, sigamos.

No quiero desviarme del tema estrella ¿Síndrome postvacacional? ¿De verdad? ¿No había otro nombre? Como somos a veces, con tal de relajarnos un poquito, y ya de paso, quitarnos de encima un día de trabajo. Le digo a mis compañeros que estoy con el síndrome postvacacional y me toco las narices un ratito hasta la hora de salir. Y que nadie lo niegue, hasta en esto también nos ponemos de acuerdo. Nos da igual si hemos estado de procesión, de barbacoa, vestido de nazareno, de penitente, o de la mismísima abeja Maya, en el trabajo se escaquea todo el mundo. Aunque algunos lo hagáis de manera tan profesional, que hasta un anuncio os dejó la idea (Necesito un kit-kat). Que bien os vino la chocolatina, canallas. Alguno no conoce ni el sabor que tiene, pero por las veces que se para en el trabajo, parece que las compra en cantidades industriales.

Pero eso si, las vacaciones son vacaciones, y no vayan ustedes a desperdiciar unos días tan buenos en leer artículos del nivel que yo les ofrezco, porque entonces puedo llegar a pensar que están aún más aburridos que yo. Y eso… eso si que sería algún tipo de síndrome. Tal vez el antagónico al postvacacional. Un síndrome que explicara que necesitas volver al trabajo con urgencia porque el nivel de las gilipolleces que escribes en tu blog está rondando límites insospechados. Síndrome prelaboral, o síndrome del tonto ilustrado, que no tiene nada que ver, pero le da un toque artificial, que dirían los modernos…

Y hasta aquí mi absurda opinión de hoy, no les aburro más. Espero que os haya ocupado el mínimo tiempo indispensable de vuestro día. Yo, no os engañaré, voy a hacer un Kit-Kat, que tengo el síndrome postvacacional a la vuelta de la esquina, calentando motores y con el coche en marcha. La verdad, no se porque os cuento esto, ni otras muchas cosas, pero me divierte.

 

Sed felices 😉

 

 

BASADO EN HECHOS REALES (Capítulo III) En la cola del supermercado.

Parece una aburrida acción cotidiana, de hecho, lo es. Aunque no se si debido a mi escaso desarrollo neuronal, padecer una cola de supermercado, puede ser una historia divertida, o dramática, o tal vez esperpéntica. Lo digo porque es ya la tercera o cuarta vez que  una aburrida espera se convierte en algo entretenido.

Centrémonos en lo básico. Tú haces la compra tal y como lo has marcado en la lista, o sin necesidad de ella, pero cuando crees que ya has cogido todo lo necesario, te dispones a ir hacia las cajas. Normalmente, pensaréis todos, pagas y te vas. Pues no, ese no es mi caso, y quiero creer que tampoco el de muchos.

La experiencia personal, me dice, que se pueden dar un buen número de situaciones en la cola del supermercado. Paso a describirlas y a detallar un pequeño análisis de cada una.

SITUACIÓN A:

Llegas con tu compra, y no hay nadie en la cola, la cajera te atiende amablemente, aunque de manera normal intenta “colocarte” una bolsa de plástico por 3 céntimos, para una lata de coca cola y unas pastillas de caldo de pollo. Al ver que con la bolsa no ha colado, su reacción inmediata es intentarlo con una oferta de 16 donuts por 3 euros, normalmente lo niegas y te vas. Todo es amabilidad por las 2 partes y la conversación acaba con un «Que tenga usted un buen día»

Análisis:

  • No hay gente en la cola: Normal en días de diario por la mañana de lunes a jueves en supermercados retirados de zonas céntricas
  • Bolsa de 3 céntimos: Te la van a querer colocar por lo civil o lo criminal.
  • Oferta de los donuts: Peligrosa si vas a hacer la compra con el estómago vacío.

SITUACIÓN B:

Comienzan las primeras complicaciones. Repetimos la acción, haces tu compra, llegas a las cajas y solo hay una abierta, no tienes prisa, por lo tanto las 3 personas que van delante no son ningún obstáculo digno de mención. Pero cuando te toca… ¡Mierda! A la de delante se le ha olvidado el pan, y para colmo te hace responsable de su turno con un «guárdeme la vez, que tardo muy poco, MUY POCO» Aparece a los diez minutos con el pan…2 latas de alcachofas y 1 kilo de tomates. Entre tanto, tu esperas con barba de 3 días, mientras los que te siguen te miran haciéndote responsable de su espera por haber guardado el turno. Cuando a la buena señora le ha dado la gana llegar, tú ya estás amenazado visualmente por el resto del supermercado, que justo en ese momento ha decidido hacer el pago en caja. La señora del pan, los tomates y las alcachofas, lo soluciona todo con un  «gracias bonito» y tarda sus respectivos 10 minutos  en pagar con céntimos los cuarenta y dos euros con setenta y cuatro del coste, que dicho así, suena tan largo como esperarlo. La gente que viene detrás de ti empieza a desenfundar armas y tú ya ni te das la vuelta. Eres el puto cómplice.

Análisis:

  • Nunca te fíes de una señora en la cola de un supermercado. Te ganará por experiencia.
  • Nunca te fíes de una señora en la cola de un supermercado que te pide que le guardes el turno y dice que tardará MUY POCO.
  • Nunca te fíes de una señora que paga con céntimos.
  • Nunca te fíes de una señora.

SITUACIÓN C:

Un clásico, a esta situación le llamo el «déjame pasar que solo llevo» ¿A que la habéis vivido todos? No me extenderé. Estás en la cola, llega el listo de turno y tacháaaaaan…Perdona, ¿Me dejas pasar que solo llevo una barra de pan? Y tú pensando, ya, pero es que yo llevo la misma barra de pan y la lata de tomate para los macarrones del crío que me ha encargado mi mujer.

¿Que hacer contra esta agresión? Iré al análisis directamente

Análisis:

  • Fingir una llamada de teléfono para crear un corte radical con el/la caradura. «Uy, perdona, me están llamando» Crea un desconcierto en el personaje que le obliga a esperar su turno mientras espera que finalice la llamada. Suele funcionar.
  • Fingir lesión. Como si de un futbolista se tratara, le dices que sufres una reciente intervención lumbar que te impide estar demasiado tiempo en pie y que esos 2 minutos de espera juegan un papel de vida o muerte en tu persona. Da igual que el personaje te haya visto hacer el pino-puente en frente de la sección de los congelados. Esto es una batalla entre caraduras y ahí debes demostrar tu valía y luchar por tu puesto en la cola. ¡No desistas!
  • Mi preferida, y también la más desaconsejada. Recordarle al señor/a que esto es un supermercado y que se está aprovechando de la buena fe de las personas, para llegar antes a donde sea, lo cual no me importa lo más mínimo.
  • La última y la más común. Quedarte como una vaca mirando a un tren y asentir con la cabeza mientras te sobrepasan en la cola. Todo, para luego salir del supermercado y ver al señor en el bar de al lado, o a la señora departiendo amistosamente con las vecinas. ¡Hay que joderse!

 

Y hasta aquí, esta estupenda y absurda clase sobre supermercados. Si has llegado hasta el final, mereces esa cerveza que llevas esperando todo el día para tomarte. Pero si la compras en el supermercado, por favor, guarda el turno.

Sed felices 😉