La consulta del Doctor Protagonista

No quiero preocupar a nadie pero ya sabéis que hace algún tiempo tuve que visitar al Doctor Felicidad. La verdad es que el resultado de su diagnóstico y el posterior tratamiento fueron todo un acierto. Como me gusta hacer caso de lo que me dicen los profesionales, he tenido que volver a pedir cita con otro experto de la medicina para tratarme de otra dolencia. Esta vez pasé por la consulta del Doctor Protagonista

En general fue una conversación bastante distendida y quiero reproducirla por este medio por si alguien necesitase de la atención precisa de alguno de los servicios de este tipo de terapia.

Doctor, quiero ser el protagonista

—¿Se puede?

—Sí, por favor, pase y tome asiento.

—Buenas tardes doctor.

—Buenas tardes. Usted dirá ¿Qué le trae por aquí?

—Pues la verdad, si he de ser sincero, no se por dónde debo empezar.

—Difícil me lo pone para comenzar, caballero.

—Usted perdone, es que el simple hecho de que me haya contestado a la primera me dejó verdaderamente descolocado.

—¿Y eso? ¿Se siente usted ignorado por algún motivo?

—No en general. Eso sólo me ocurre con mis hijos, pero al final uno se acostumbra. La cosa va más allá de las puertas de casa.

—Intrigante…Continúe, por favor.

—Pues verá, yo soy un tipo normal. Hago cosas de tipo normal y llevo una vida de tipo normal.

—¿Y qué hay de raro en todo eso?

—Pues que estoy un poco cansado. A mí lo que me gustaría es ser el protagonista de vez en cuando.

—No acabo de entenderle. ¿A qué se refiere?

—Pues que no tengo nada especial. Mi vida es más simple que el almuerzo de un hospital.

—Ajá, le voy entendiendo…

—Y además no se me ha concedido ningún don en particular. Tengo menos habilidades que una tortuga y no me desenvuelvo especialmente bien en ninguna temática determinada. Me siento como si estuviera hecho de los restos que le sobraban a los demás.

—Pero vamos a ver. ¿Usted lo que quiere es ser especial en algo o protagonista de una cosa puntual?

—No, no, la verdad es que no. Yo lo que quiero es llamar la atención. En pocas palabras, que la gente me haga casito, ser protagonista todo el rato.

—Aaaaaahhhh. Creo que ya se por dónde van los tiros.

—No creo que lo llegue a comprender del todo, sinceramente.

—Vaya, parece que se defiende muy bien. Esto tendremos que aprovecharlo.

—¿Ah sí?

—Especifique un poco más su dolencia y a continuación veremos lo que pasa realmente.

—Pues mire doctor, desde hace un tiempo me he dado cuenta de que no soy tan guay como los demás. Soy un padre que trabaja de 8 a 10 horas, llego a casa, voy al gimnasio pasando desapercibido y bajo al parque con mis hijos. De vez en cuando, si tengo un día libre, les puedo llevar al colegio. Lo que le dije, una vida llana y sin sobresaltos.

—Ya entiendo. Pero…¿no se encuentra bien así?

—Para nada. Yo quiero que la gente me señale con el dedo al pasar. Y que todos me hablen mucho.

—Ajá. Creo que ya tengo su diagnóstico.

—Usted dirá entonces…

—Sinceramente amigo, usted sufre una importante dolencia llamada «Afán de protagonismo«

—Me deja anonadado, oiga.

—Pues sí, y para tratar esta enfermedad hay dos métodos posibles.

—Le escucho doctor.

—Durante un tiempo la solución más conocida por los profesionales era la llamada el «y yo más». Pero es un tratamiento muy agresivo y los efectos adversos pueden ser muy dañinos. Básicamente se trata de responder a todo con estas 3 palabras: Y-YO-MÁS

—Ahhh, muy bien.

—Pero está totalmente desaconsejado por la medicina actual. Se han dado serios casos de sobredosis de «y yo más» y muchos han recaído tras las archiconocidas y malignas «frases trampa».

—¡Qué me dice!

—Como lo oye. Miles de perjudicados por la frase: Yo soy rematadamente gilipollas.

—Y yo más.

—¡Zas! ¿Ve lo que le digo?

—Por favor, me ha salido instantáneo, casi sin pensarlo. Usted perdone.

—Nada, tranquilo. Todos los que sufren su dolencia en una fase muy aguda suelen caer sin reparo.

—Asombroso. Está bien, me deja más tranquilo. Dígame entonces a qué he de atenerme.

—Es mucho más sencillo. Utilizaremos la técnica denominada como «dar penita»

—Alucinante. Explíquese, si es tan amable.

—Sencillo. Si a alguien de su entorno más cercano le duele, por ejemplo, un tobillo, usted inmediatamente fingirá un dolor superior. Está demostrado estadísticamente que tanto en el momento como en los días posteriores alguien le preguntará si todavía le duele. Si además lo acompaña con muecas de mucha pupa y pequeños quejidos, incluso le llegarán a frotar la espalda como a una mascota. Le prestará atención todo el mundo. ¡Le harán casito!

—¡Genio doctor!

—Le voy a recetar un par de quejas a la semana. Ya verá como no le va a faltar alguien que le preste atención. Es infalible.

—No se cómo voy a agradecérselo.

—No hace falta, hombre. Para eso estamos.

—¡Hasta la próxima!

—¡Cuídese! O mejor dicho, aparente que no se cuida.

—Trataré de dar toda la penita posible.

—Estoy seguro que logrará ser más triste que el desalojo de un orfanato y conseguir ser un auténtico protagonista.

—Hasta otra doctor.

—¡Adiós!



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